La educación de un políglota
(El estudiante fantasma y el lenguaje de los imperios)
Saturnino Ximénez se presentó ante el mundo como un hombre de inmensa erudición: un erudito capaz de debatir sobre arqueología en las ruinas de Éfeso o sobre literatura rusa en los salones de San Petersburgo. Sin embargo, un análisis forense de archivos sobre sus antecedentes educativos revela un patrón recurrente de fabulación. El «Profesor» Ximénez fue, en gran medida, una invención propia; un hombre que esquivó las aulas universitarias para formarse en la biblioteca del mundo, pero que se sintió obligado a inventar un pedigrí a la altura de su intelecto.
La base menorquina: El fantasma en el aula

En su correspondencia posterior, Saturnino afirmó que, tras pasar su infancia en Barcelona, regresó a Mahón para completar su educación secundaria en el Instituto ubicado en el Convento de San Francisco. Proporcionó detalles específicos y nostálgicos: la sombra de los claustros, su profesor de latín Vicente Sastre y la instrucción religiosa del orador franciscano Fray Ramón Teixidor.
Los archivos, sin embargo, cuentan una historia diferente. Una búsqueda en los registros del Instituto entre 1864 y 1872 revela un vacío significativo. No existe expediente de alumno para Saturnino Jiménez Enrich, ni su nombre aparece en ningún acta de examen. Aunque sin duda absorbió la atmósfera intelectual de Menorca —probablemente bajo la tutela informal de figuras como José Hospitaler—, su matrícula formal parece ser una ficción. Fue un estudiante fantasma, que asimiló el plan de estudios sin someterse nunca a la burocracia de las calificaciones.
La invisible carrera universitaria
Este patrón de educación inverificable le siguió hasta la edad adulta. Ximénez afirmó con frecuencia haber estudiado en las universidades de Barcelona, Madrid, París, Berlín y Leipzig. Sin embargo, las búsquedas en los archivos históricos de la Universidad de Barcelona no han logrado producir ni un solo registro de matriculación.
Su conexión con Leipzig es particularmente ilustrativa de su talento para la automitificación. Afirmó haber pasado diez años en la ciudad dirigiendo una revista. El registro histórico muestra que efectivamente estuvo en Leipzig en 1882, ejerciendo como editor de la Revista germánica de literatura, artes y ciencia. Sin embargo, solo aparece como editor en los dos primeros números. A finales de 1882, ya estaba de vuelta en Madrid. Los diez años fueron, en realidad, menos de un año. Había aprendido que, en el siglo XIX, una mentira bien colocada sobre una educación alemana valía tanto como un título real.
El verdadero políglota: Un don como arma
A pesar de los probables diplomas fraudulentos, Ximénez poseía un arsenal lingüístico que pocos licenciados universitarios podrían igualar. No se limitaba a hablar idiomas; operaba dentro de ellos, utilizándolos como herramientas de infiltración social y política.\
La proeza rusa: Viviendo en Rusia, dominó el idioma lo suficiente como para escribir en el periódico Novoye Vremya. Se le atribuye ser el primer traductor de Antón Chéjov al español, publicando El jardín de los cerezos en 1920. Traducir a Chéjov requiere comprender el alma de una lengua; Saturnino dominaba ambas.

- La conexión sefardí: Durante sus viajes por los Balcanes (1877–1878), quedó fascinado por los judíos sefardíes de Salónica. Reconoció que hablaban un castellano «de Cervantes» y recopiló meticulosamente un vocabulario de sus arcaísmos y canciones. Más tarde abogó por un Congreso Sefardí en Toledo, un movimiento que tenía tanto de poder geopolítico como de lingüística.
- Las claves otomanas: Su estancia en Constantinopla y Grecia le permitió manejarse tanto en griego como en turco. Dirigió un periódico franco-turco, Le Courrier Européen, y escribió la erudita obra Asia Menor en ruinas basándose en un profundo conocimiento de la historia griega.
- El escándalo alemán: Su fluidez en alemán le permitió trabajar para el Deutsche Kolonial Zeitung en 1885, un papel que le situó en el centro de la crisis diplomática del «Affaire Giménez».
Evaluación de estado
Saturnino Ximénez fue un intelectual hecho a sí mismo en el sentido más literal. Careciendo de paciencia para el lento avance del aprendizaje institucional, utilizó una memoria inusualmente retentiva y unos hábitos de lectura voraces para construir una apariencia de autoridad académica.
Aunque sus afirmaciones sobre títulos formales eran fraudulentas, su conocimiento funcional era devastadoramente auténtico. Era un hombre que podía debatir la Ilíada en el griego original, negociar acuerdos de armas en árabe, y traducir teatro ruso para el público español: una educación práctica forjada no en un aula, sino en el tránsito entre zonas de guerra y misiones diplomáticas. Demostró que, en un mundo de imperios que se desmoronan, un diploma es solo papel, pero la capacidad de hablar el idioma del enemigo es poder.






