Siege of Cartagena

La Rebelión Cantonal

El Auténtico Caos de 1873

Para el mundo exterior, la rebelión cantonal de 1873 fue un absurdo político; para los que quedaron atrapados tras las murallas de Cartagena, fue un descenso desde el idealismo eufórico hasta un «Infierno de Dante». Saturnino Ximénez, por entonces un ferviente republicano federal de veinte años, relató este colapso en su obra de 1875, Cartagena (Recuerdos Cantonales). Escribiendo bajo el alter ego de un mecánico llamado José, Ximénez capturó la atmósfera surrealista de una ciudad que declaró la guerra a Madrid, acuñó su propia moneda y terminó por desintegrarse bajo una lluvia de 1.200 proyectiles diarios.

Destruction after he siege of Cartagena

El delirio de julio: «¡Tenemos un Cantón!»

La rebelión no comenzó con una batalla, sino con una señal. A las 4:00 de la mañana del 12 de julio de 1873, un cañonazo desde la fortaleza de Galeras anunció que los conspiradores federalistas habían tomado el control. Se formó la Junta de Salvación Pública y se izó la bandera roja en la ciudad; en realidad, una bandera turca teñida de sangre en un arrebato de improvisación para ocultar la media luna.

Ximénez describe el ambiente inicial como de algarabía. Los revolucionarios creían estar cumpliendo la «promesa sagrada» de la República Federal desde la base. Tal era su confianza que telegrafiaron inmediatamente su manifiesto al presidente de los Estados Unidos y al New York Herald, convencidos de que los «fondos en la Bolsa de París» subirían al conocerse la noticia.

Los «reyes» del Cantón

La rebelión fue dirigida por un variopinto grupo de republicanos «intransigentes» a los que Ximénez retrata con una mezcla de simpatía y sarcasmo mordaz:

  • «Antoñete» (Antonio Gálvez): Un líder rural descrito como un «héroe» por la prensa cantonal, pero de quien Ximénez señala que tenía el «corazón de un niño» y prefería ser engañado antes que causar una catástrofe.
  • General Juan Contreras: El jefe militar que asumió el mando de la ciudad y de la flota. Ximénez lo presenta como un hombre honorable pero desbordado por los «charlatanes» que lo rodeaban.
  • Los «Ingenieros»: En un intento desesperado por conseguir mano de obra, la Junta liberó a 1.500 reclusos del presidio local. A estos hombres, muchos de los cuales cumplían condena por falsificación o asesinato, se les entregaron boinas rojas, fusiles y el título de «Ingenieros» para fomentar su lealtad.

El estado independiente: piratas y plata

Durante seis meses, Cartagena funcionó como una ciudad-estado independiente. Cuando el gobierno central de Madrid intentó asfixiar económicamente la rebelión, el Cantón acuñó su propia moneda. Utilizando plata de las minas de Mazarrón, produjeron el «Duro Cantonal».

Curiosamente, tal como señalaron tanto Ximénez como el novelista Benito Pérez Galdós, estas monedas tenían un contenido de plata superior al de la moneda oficial de Madrid. Fueron acuñadas por los «buenos chicos» de la prisión: falsificadores que querían demostrar su pericia ante sus nuevos amos.

Sin embargo, la supervivencia exigía víveres. La flota rebelde, que incluía las fragatas blindadas Vitoria y Numancia, lanzó expediciones a las poblaciones costeras vecinas para «recaudar contribuciones». Esto llevó a Madrid a declarar a la flota cantonal como «piratas». Cuando las armadas británica y alemana intervinieron, capturando barcos rebeldes y escoltándolos a Gibraltar, Ximénez lamentó el «baldón» a la dignidad española.leet «pirates.» When British and German navies intervened, seizing rebel ships and escorting them to Gibraltar, Ximénez lamented the «supreme outrage» to Spanish dignity.

El «Infierno de Dante»: el bombardeo

En noviembre de 1873, la euforia se había desvanecido. Las tropas centralistas sitiaron la ciudad y el bombardeo se volvió implacable. Ximénez relata la transición de experimento político a matadero:

  • La destrucción: La ciudad se vio sometida a una media de 1.200 proyectiles diarios. Ximénez describe el pánico como un «terror voraz», con familias buscando refugio en las bóvedas del Parque de Artillería o en la Iglesia Vieja.
  • La tragedia del 6 de enero: El punto de inflexión fue la explosión del Parque de Artillería. Un proyectil alcanzó el depósito donde se refugiaban cientos de mujeres y niños. Ximénez describe el momento con el pavor de quien lo presencia: «Pareció que la tierra fuese á hundirse. Un trueno prolongado y horroroso…».
Cartagena after the siege

La huida de la Numancia

Para el 11 de enero de 1874, la situación era insostenible. Los cabecillas, que se enfrentaban a una ejecución segura si eran capturados, decidieron huir. En un final dramático la noche del 12 de enero, la Junta embarcó en la fragata Numancia. Mientras las tropas centralistas entraban por las puertas de la ciudad, el orgullo de la armada española se deslizaba fuera del puerto, transportando a más de 2.500 refugiados, entre ellos, supuestamente, el propio Ximénez.

Rompieron el bloqueo y pusieron rumbo a Orán, Argelia. Ximénez describe la llegada a aguas francesas el 13 de enero de 1874 como el fin del sueño. Las autoridades francesas los desarmaron, internando a los líderes en fortalezas mientras los refugiados quedaban a la deriva en un purgatorio de barro y desesperación.

The exile in Oran

¿Verdad o ficción?

Aunque Ximénez presenta su obra sobre Cartagena como un diario escrito «al día», los historiadores modernos debaten su veracidad absoluta. Algunos sugieren que pudo reconstruir partes del relato o visitar Cartagena más tarde para entrevistar a supervivientes como Antonio Bonmatí, de la Cruz Roja. Independientemente de la cronología precisa de su presencia, su obra sigue siendo la historia emocional definitiva de la rebelión: el testimonio de una época en la que una ciudad declaró la guerra a una nación, acuñó su propia plata y terminó en un montón de escombros y un viaje en barco hacia el exilio.

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