En busca de la historia (Parte 1)
El viaje de una bisnieta hacia la Gran Frontera Difusa.
Toda historia tiene su umbral. Para mí, ese acceso no fue un legajo cubierto de polvo ni un mapa de batalla; fue, sencillamente, un relato de fantasía.

A los seis o siete años, el nombre de Saturnino Ximénez apenas asomaba en mi memoria. Como cualquier niña de esa edad, vivía fascinada por Natalia, la princesa rusa de nuestro linaje. Mi padre me hablaba de ella y yo le planteaba dudas de Estado:
¿Qué soy yo entonces? ¿Soy una fräulein? ¿Una duquesa? ¿Tendré mi propio título cuando sea mayor?
Se me explicó entonces, con esa mezcla de pragmatismo y sobriedad tan nuestra, que nuestra nobleza se había extinguido con la Revolución Rusa. Y que, aun si hubiera sobrevivido, en esta casa jamás se pagaría por mantener un título. Pagar por el prestigio, simplemente, «no era propio de nosotros». Convencida de que mi rango acabaría regresando por su propio pie —como sucede en las películas—, no quise dejar nada al azar. Al día siguiente, obligué a mis compañeros de clase a hacerme reverencias y a besar mi anillo. Aquello no me hizo sentir como esperaba, así que abandoné el personaje de princesa y decidí refugiar mis sueños de corte en la intimidad.
El ritmo parsimonioso del pasado
A los trece, el enigma ruso seguía siendo lo único que despertaba mi interés. Me apunté a clases extraescolares de ruso, pero los seis casos gramaticales y aquel ritmo eterno de una hora a la semana —sin nadie con quien practicar— acabaron siendo un muro infranqueable. Dejé el idioma a un lado para sumergirme en el ruido propio de la adolescencia: bandas de música, fiestas y amigos. Las anécdotas sobre nuestros antepasados resurgían de vez en cuando en las cenas familiares, pero para mí no eran más que relatos densos y algo desordenados sobre desconocidos.
Dos hechos rompieron esa inercia. A los dieciocho años murió mi abuela y, por primera vez, me golpeó la certeza de que nuestras historias familiares tienen fecha de caducidad. Tarde o temprano, el acceso a ellas se cerraría para siempre. Un año después, en 1992, leí el artículo de ABC sobre el «Indiana Jones». Aquel titular fue un auténtico impacto. ¿Cómo? ¿Que la princesa se casó con un trasunto de Indiana Jones?
La casa entre la maleza
Poco después de que cayera el Telón de Acero y viajar fuera por fin una realidad, mi hermano y mi abuelo —hijo de Saturnino— regresaron a la finca Dymovo, en Staritselo. Buscaban tesoros enterrados que ya no existían, pero hallaron algo mucho más conmovedor.

Mientras recorrían las tierras, un anciano —que de niño era el hijo del guardés cuando la familia huyó— salió corriendo de entre la maleza. Reconoció a mi abuelo al instante, aunque ambos no eran más que unos críos cuando el mundo que conocían saltó por los aires en 1917. «¡Nikolay, Nikolay! ¡Has vuelto!». Aquel hombre había custodiado las tierras como buenamente pudo, siguiendo el oficio de sus antepasados. Y allí volvió a surgir la leyenda de tesoros sepultados bajo tierra. ¿De verdad? ¿Tesoros enterrados? El mito empezaba a cobrar cuerpo.

La biblioteca de las frases inacabadas
En 2002 falleció mi abuelo y mi padre heredó la biblioteca familiar. No llegaba a los 25.000 volúmenes de los que Saturnino alardeaba, pero era un universo fascinante.

Los clásicos, obras eruditas y una buena dosis de novelas de misterio de las que devoras en una noche. Allí estaba la Biblia familiar, con nuestros nombres inscritos generación tras generación. Las fotos empezaron a brotar de las cajas y, de repente, los extraños de los cuentos de mi infancia cobraron rostro.
Y entre todo aquello, los manuscritos. Descubrí que mi abuelo había estado escribiendo una novela marinera. Pero lo que más me intrigó fue el rumor sobre el propio manuscrito inacabado de Saturnino: una novela que quedó truncada por una motocicleta en una calle de París, justo antes de que pudiera mecanografiar el desenlace.
La detective de sistemas y el silencio de la startup
Desde mediados de los noventa, mi carrera se ha centrado casi siempre en la informática. Cada vez que surgía una nueva herramienta de búsqueda avanzada, utilizaba a Saturnino como banco de pruebas. ¡A ver si el sistema encuentra esto!. Localizaba un artículo perdido, un archivo de prensa olvidado, y así fue naciendo una carpeta digital que me acompañó de portátil en portátil durante más de una década.
Hacia 2009, los hallazgos empezaron a ser constantes. Las hemerotecas digitales se abrían al mundo. Un día recibí un mensaje de Olga, una pariente lejana de Canadá cuya abuela era Sofía, la tía de Natalia. Gracias a ella recuperé a la princesa que soñaba ser de niña: nuevos relatos, fotos inéditas y un linaje que recorría todo el mapa europeo. Poco después, Juan Carlos García-Reyes, un académico español que preparaba su tesis sobre Saturnino, me contactó con la misma duda: ¿era yo familia de Saturnino Ximénez? Intercambiamos retazos de información y promesas de futuras investigaciones.
Pero la vida se impuso. En 2013 me trasladé a Vietnam para fundar mi propia empresa, y aquella carpeta digital pasó a ser un pasajero en silencio. Dirigir una startup acaba por devorarte. Absorbe cada hora del día, cada afición, cada interés. El equilibrio entre lo personal y lo profesional pasó a ser un mito en el que ya no me molestaba ni en creer. Durante los siguientes doce años, la carpeta de Saturnino Ximénez saltó de un ordenador a otro como un fantasma en el sistema al que yo estaba demasiado exhausta para invocar. Perdí el rastro de Olga, del académico y del hombre que habitaba en los archivos.
Tet 2025: Se abre la carpeta
Todo cambió con la llegada del Año Nuevo Lunar de 2025. La empresa cumplía nueve años y, por primera vez desde que llegué al sudeste asiático, los engranajes de la startup se detuvieron de verdad. El equipo estaba de vacaciones, Saigón se había sumido en ese silencio hermoso y extraño propio del Tet, y de repente me vi con diez días de tiempo absoluto para mí. Sin crisis que resolver, sin inversores que atender, sin fuegos que apagar.
En la quietud de un estudio en silencio, me senté frente al escritorio, busqué en las entrañas de mi disco duro e hice clic. Los archivos de Saturnino Ximénez iluminaron la pantalla: tres décadas de recortes, fechas que no encajaban y rostros que parecían observarme. Respiré hondo y, por fin, empecé a revisar de forma sistemática la historia que llevaba en el bolsillo desde 1995.





