Events in Spain, general view of Cartagena

El día que Cartagena quiso integrarse en los Estados Unidos

¿Realidad o ficción?

Diciembre de 1873 nos legó una de esas crónicas insólitas que parecen extraídas de una novela de intriga internacional, pero que ocurrieron a plena luz del día. Mientras la artillería del gobierno español castigaba sin tregua a Cartagena, los líderes de la insurrección cantonal —acorralados y con el agua al cuello— vislumbraron su última esperanza al otro lado del Atlántico, en los Estados Unidos.

¿Es cierto que un grupo de revolucionarios murcianos pretendió convertir a Cartagena en el estado número 38 de la Unión?

La misiva al presidente Grant

El 16 de diciembre de 1873, Roque Barcia, el cerebro intelectual tras la Junta de Cartagena, remitió una carta formal al presidente Ulysses S. Grant. El mensaje fue enviado a través del embajador estadounidense en Madrid, Daniel E. Sickles, con una propuesta que oscilaba, a partes iguales, entre la audacia y la desesperación.

En esencia, solicitaban autorización para izar la bandera de las barras y estrellas sobre sus castillos y fragatas. Tras esta idea latía una amalgama de idealismo político y pura necesidad de supervivencia:

  • Afinidad ideológica: Para los cantonales, su modelo de República Federal era prácticamente un calco del sistema estadounidense: una constelación de estados autónomos (los cantones) vinculados por un gobierno central de atribuciones limitadas.
  • La estrategia del «escudo humano»: Conjeturaban que, si ondeaban el pabellón de EE. UU., Madrid no se atrevería a proseguir con el bombardeo por temor a desencadenar un conflicto diplomático —o incluso una guerra— con Washington.
  • ¿Anexión real o mera protección?: Aunque a menudo se narra como un intento de unión formal, la realidad es que buscaban auxilio inmediato. Pretendían que Cartagena fuese, al menos nominalmente, un protectorado estadounidense para forzar el cese de las hostilidades.

Daniel Sickles: El intermediario ideal

La elección de Sickles no fue azarosa. El embajador era un antiguo general de la Guerra de Secesión, conocido por ser una figura sumamente excéntrica y un ferviente creyente en el expansionismo estadounidense. Si bien simpatizaba en el fondo con la causa republicana española, Sickles era, ante todo, un hombre pragmático. Sabía perfectamente que su gobierno, que aún restañaba las heridas de su propia guerra civil y lidiaba con una severa crisis económica, no tenía el menor interés en adentrarse en el avispero del Mediterráneo.

Maj. General Daniel E. Sickles in wheelchair; coming out of building

La reacción de Washington: El peso del silencio

Como cabía esperar, la administración Grant no tomó la propuesta especialmente en serio. Para ellos, amparar a Cartagena habría supuesto meterse en un atolladero diplomático de alto riesgo:

  • Logística inasumible: Defender una plaza aislada en la otra punta del globo era una pesadilla estratégica que nadie estaba dispuesto a asumir.
  • Conflictos internacionales: Intervenir significaba entrar en guerra con España y enfrentarse a las potencias británica y francesa, que custodiaban el Mediterráneo como si fuera su propio feudo.
  • La Doctrina Monroe: Estados Unidos tenía claro que su prioridad era evitar la injerencia europea en América, no proyectar la suya en Europa.

La carta acabó sepultada en un cajón y los rebeldes se vieron obligados a seguir enfrentando, en absoluta soledad, los cañones españoles.

Episodios del asedio de Cartagena

El veredicto: HECHO (con matices)

Es cierto que el Cantón buscó la protección de los Estados Unidos como última tabla de salvación.

Si bien el imaginario popular sostiene que «quisieron ser estadounidenses», los documentos históricos revelan que fue una maniobra desesperada para utilizar la bandera norteamericana como escudo durante el asedio, más que una voluntad genuina de convertirse en una estrella más de su pabellón

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